
Sin más. Sin previo aviso. Vuelvo a sentir ese nudo que va subiendo desde mi estómago. Y me pregunto durante cuanto tiempo seré capaz de dominarlo o si acabaré llorando delante de un montón de desconocidos que me miran atónitos. Y es que me he dado cuenta de que mi mecanismo de sonreir es como un resorte. Me miran y sonrío, aún sin ganas, como si no tuviera nada más que decir. Tal vez a veces no lo tenga.
Quiero gritar, gritar sentimientos que se escuchen sin palabras porque, tal vez así, sea más fácil entenderlos. O no. A veces pienso que soy un bicho raro de otro planeta y que, el día que dejé dar rienda suelta a mis fantasías, podría haberlo dedicado a otros asuntos.
Porque me disfrazo de princesa y sólo soy un espejismo, una sombra, y ni siquiera sé qué reflejo. Porque un buen día decidí que la vida era rosa, o así quería yo verla, y me inventé unas gafas con las que se borraba la tristeza. Pero de poco sirven las gafas cuando el problema está en el alma y no en los ojos.
Tal vez todo se arreglara si alguien me diera una bofetada y me dijera que me deje de gilipolleces, que ya no es edad de creer en fantasias irreales. Que no quiero dolor pero, sí ha de doler, que sea ahora, que aún me quedan fuerzas para lamer heridas. Ahora que aún soy capaz de mirarme en un espejo y ver un atisbo de lo que una vez soñé ser.


